Aun con la travesía en la garganta. Con rumbo sur orientado al retorno de mi ser, de regreso y en movimiento como en el caminar, de vuelta hacia la internalización e incorporación en mi rutina de los aprendizajes vividos. El destino de los días del regreso es lograr conducir esa experiencia hacia acciones que en mi día continúen nutriendo el alma, caminando por la faldas de las montañas que se alzan para acariciar las esperanzas de los cielos y abrigadas por los rayos de sol, escuchando las entonaciones del maravilloso silencio que entre las voces de los ríos y los susurros del ventoso continúan estando ahí…
Hoy ya a más de un mes de vuelta a la presencialidad al sistema educacional y a juzgar por las variadas situaciones ocurridas a lo largo y ancho del país que han involucrado a niños, niñas y jóvenes de los establecimientos, y a juzgar también por las variadas necesidades y realidades que están vivenciando los y las niñas y jóvenes del país, urge la necesidad de refundar los paradigmas del sistema educacional y reorientar la educación hacían una educación experiencial, una educación que movilice desde el hacer, en la que exista una continuidad y coherencia entre los aprendizajes y la vida, no que sea una mera acumulación de conocimientos, una correspondencia entre ese proceso de enseñanza y aprendizaje y el vivir; y una educación que vaya de la mano con las realidades que están viviendo esos niños, niñas y jóvenes del país y no sólo con las orientaciones técnicas que bajan desde la institucionalidad y sus plataformas.
Urge una educación experiencial que nos invita a ser partes, despierte nuestrxs sentidos y movilice nuestros intereses desde los afectos y que desde el dialogo nos vincule y libere a nuestras conciencias en acciones que nos conduzcan hacia un mayor cuidado por quienes nos rodean y nuestro medioambiente. Una educación que se haga desde la experiencia que vivimos para que desde ahí aprendamos a sentir y a pensar, para que en esa experiencia seamos capaces de poner en acción aquello que aprendamos.

Es necesario si es que aún no urge orientar la educación hacia un encuentro con la experiencia y la naturaleza y que este encuentro sea el que movilice los respectivos procesos de enseñanza y aprendizaje. Que seamos capaces de ver, oler, palpar, escuchar, degustar y sentir en nuestros cotidianos los aprendizajes y miles de contenidos que recibimos en nuestros contextos educativos.
Cada vez se pone más en evidencia, a un sistema y una educación en la que no existe tal encuentro, a un sistema que pretende solo la acumulación de saberes y centrado en el producto, no asi tanto al proceso en sí de enseñanza aprendizaje, a un sistema en el que el curriculum manda y en el que no existen los afectos, menos una preocupación por el desarrollo socioafectivo.
Han sido reiterados los llamados y situaciones de violencia, amenazas. Dicen que es la vuelta a la presencialidad, a lo que digo: si, también. No así, es un proceso de larga data
Son brechas generacionales, brechas de comunicación, brechas de afecto, un mundo centrado en la estética de la imagen, en lo desechable, en el que la impunidad ha legitimado el uso de la violencia como forma de defensa y logro, en el que la revuelta estallo un malestar histórico y con una memoria que pone en evidencia que los y las niñas y jóvenes han sido consumidos por un sistema adultocéntrico en el que es necesario formarlxs para que puedan rendir.
La violencia, los trastornos del ánimo y ansiedad, trastornos alimentarios, crisis identitarias, la promoción y uso indiscriminado de tecnologías que agudizado por un mundo ansiógeno en el que todo es para ayer y en el que se tiene altísimas expectativas de lo que deberíamos lograr, jóvenes con enormes daños en su autoestima y autolesionándose como posibilidad de lograr un control sobre eso que sienten y les duele, los y las que están resintiendo las consecuencias de un sistema que no ve a las personas ni en el que no existe una coherencia ni continuidad entre los aprendizajes y sus vidas.

Hoy en la mañana y a decir verdad durante las últimas semanas he escuchado sobre el impacto que han tenido en la salud mental de niños y niñas el encierro durante estos casi dos años, el que hoy se está poniendo en evidencia en las reiteradas situaciones de necesidades educativas, retrasos pedagógicos, necesidades afectivas, situaciones de violencia, abuso y acoso que se están viviendo en muchos establecimientos
En reiterados momentos le he preguntado a colegas de la educación: en estos casi dos años de teleclases y pandemia ¿cuál fue la lectura y el diagnóstico que hicieron para retomar la presencialidad considerando las necesidades educativas que pudieron verse afectadas? No hubo. Tanto Programas de Integración Escolar, Programas de Convivencia, profesores y profesoras, recursos SEP, apoderadxs que buscan donde dejar a sus hijxs mientras ellxs se ganan la vida, administrativos, todxs, echándose la responsabilidad de un lugar a otro y por otro lado el ministerio supervisando que estén los papeles y las burocracias en carpeta en vez de estar destinando recursos materiales y humanos para abordar una serie de problemáticas que están sucediendo en la vida de jóvenes.
Orientaciones técnicas que sólo son una declaración de buenas intenciones pero que en la práctica no dan espacio para atender en lo profundo a esos problemas que están presentando los y las estudiantes.
En fin, en estos meses se ha visto a un sistema de educación que requiere con urgencia un cambio de paradigma, es tiempo de una revolución metodológica, a un enfoque comunitario y centrado en la experiencia para abordar y movilizar esas realidades y una educación también con perspectiva y posición política centrada en una ética del cuidado y el respeto.

